Un día a la salida del colegio de mis hijas, mientras tenía una de esas esperas ricas en charlas con otros padres, un papá de una nena de 2 años comentaba que ya no sabían que hacer con ella para que se fuera a dormir. Ya habían agotado los cuentitos, los ositos, las canciones, las promesas, y todas sus variantes. Ya rendidos decidieron llevarla a la cama un ratito con ellos, para ver si el angelito por fin conciliaba el sueño. No habían pasado 5 minutos que la pequeña rebelde dormía a pata suelta. “La niña, al final se salió con la suya,… y los padres…”
Podemos erróneamente pensar: “son tan chiquitos, déjalo, ya va a aprender”. Pero poner límites es un verdadero acto de amor. Brindan contención, seguridad y lo más importante es que son fuente de equilibrio emocional.
Los hijos no nacen sabiendo lo que está bien o está mal, somos los padres los primeros responsables de educarlo.
Los niños sin límites tienen, con el tiempo, verdaderos problemas de conducta, de concentración, de respeto, de rendimiento escolar.
Aquellos padres que creían provocarle un trauma si le ponían límites en realidad desconocen los verdaderos trastornos que tienen los niños con falta de límites.
Hoy parece ser un crimen contra la humanidad el poner límites a los hijos pero solo sabrá decirse “no se debe hacer” aquel que de niño aprendió que hay muchas cosas que se pueden hacer y que muchas otras no se pueden ni deben hacerse por más placer que causen.